sábado, 21 de octubre de 2017

NACIONALISMO CATALAN

España es una de las dos fuentes de nuestros problemas como una Nación Catalana. La otra son los propios catalanes y catalanas mientras sigan acomplejadas.
España es un Estado parásito, una realidad macabra, un desvío de la Historia:
De los 8 siglos robando y haciendo chantaje a los andaluces, lo llaman "La Reconquista".
De los 500 años de genocidio y de expolio de América lo llaman "Gesta del Descubrimiento y Evangelización".
De los ataques a la Nación Vasca y sus leyes lo llaman "el problema del carlismo".
Y de los 300 años desde la destrucción de nuestras instituciones, de ocupación militar, de razonamiento cultural y de expolio económico, los españoles lo llaman "el problema catalán" o moderadamente "la España autonómica".
 Los españoles tienen claro qué han de hacer para sobrevivir; por eso, delante del humillante intento de mejorar la autonomía, los españoles ya han hecho renacer el lerrouxismo sin escrúpulos. Se lo juegan todo. Pero nosotros también.
 La democracia española es sinónimo de corrupción, de mentira y de derroche. Lo sabían los de Unión Democrática, los Cierres de las Cajas; los de la Mancomunidad; los de Prados de Molló o los de la Batalla del Ebro.
 El destino natural de Cataluña es separarse de España, liberarse. El catalanismo no puede estar continuamente reiniciándose. No hay ningún motivo para esperar nada bueno de España y de sus políticos. Si la clase política catalana espera alguna cosa de las elecciones de 2008, o son ilusos o son cómplices de la estafa a Cataluña. Catalanismo es nacionalismo y nacionalismo es independentismo, quien diga que no es así es sencillamente traidor o un ignorante. O peor incluso, un cobarde o un español.
 No hay otro camino: Soberanía y Progreso. Independencia. INDEPENDENCIA, YA![1]



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El movimiento catalanista que surgió hacia 1890 procedía del Republicanismo Federal del Sexenio Revolucionario (Pi i Margall). Aunque cuantitativamente era minoritario, tuvo un peso cualitativo importante porque logró integrar en él a numerosos intelectuales, éstos influyeron decisivamente en su programa:
*.- defensa del proteccionismo económico.
*.- federalismo concretado en el particularismo de Almirall.
*.- tradicionalismo religioso, filosófico y social transformado en nacionalismo.
*.- defensa de un renacimiento cultural basado en la lengua catalana con sus manifestaciones literarias (Renaixença).

En 1879, Valentin Almirall fundó el Diari Catalá (primer diario catalán). Al año siguiente se celebró el I Congreso Catalanista. En 1885 el propio Almirall promovió la presentación a Alfonso XII de una recapitulación de los Agravios de Cataluña y de sus reivindicaciones. Este Memorial de Greuges, presentado por una Comisión Catalana, constituyó la primera manifestación global de oposición a la política de Madrid:
*.- Crítica del centralismo.
*.- Denuncia de la poca consideración del Gobierno de Madrid hacia las peculiariedades históricas de Cataluña.
*.- Oposición a las medidas del Acuerdo comercial suscrito con Gran Bretaña.
*.- Oposición al intento de codificación del Derecho Civil.

Le suplican al Rey "que se digne fijar su atención en las desgracias”que sobre Cataluña “viene acumulando la política centralista y unificadora de los partidos” y que “acepte esta exposición y esta Memoria, reflejo fiel, en (su) sentir, de los dolores y aspiraciones de Cataluña”.
Conocen los límites "que a la iniciativa de V. M. deja la Constitución”.
Señalan que no tienen “la  pretensión de debilitar, ni mucho menos atacar la gloriosa unidad de la patria española”, desean “fortificarla y consolidarla”, pero entienden “que para lograrlo no es buen camino ahogar y destruir la vida regional para substituirla por la del centro” y que lo convenientes y justo “ es dar expansión, desarrollo y vida espontánea y libre a las diversas provincias de España para que de todas partes de la península salga la gloria y la grandeza de la nación española”.
Lo que desean “ es que en España se implante un sistema regional adecuado a las condiciones actuales de ella y parecido a alguno de los que se siguen en los gloriosisimos Imperios de Austria-Hungría y Alemania, y en el Reino Unido de la Gran Bretaña, sistema ya seguido en España en los días de nuestra grandeza”.
Esto lo deseaban “no sólo para Cataluña, sino para todas las provincias de España; y si en nombre de Cataluña hablan, es porque son catalanes y porque en estos momentos sienten como nunca los males que el centralismo les causa.
Se les “arrebató su sistema administrativo, que hoy encuentran bueno e imitan naciones cultas de Europa, para ser substituido, primero por el sistema castellano, y hoy por una copia imperfecta y viciosa del sistema francés”.
Manifiestan que: "No pueden usar su lengua más que en sus hogares y en conversaciones familiares: desterrada de las escuelas, lo ha sido mas tarde de la contratación pública y también de los tribunales, en los cuales muchas veces, y por muy ilustrados que sean, ni los jueces entienden a los testigos y procesados, ni éstos entienden a los jueces.
"Hace tiempo que viene amenazándose, y hoy se intenta con empeño destruir, o cuando menos adulterar, su derecho civil, base indeleble de la robusta y moral organización de la familia catalana y de su propiedad, que va aumentando y creciendo a medida que unas generaciones suceden a otras generaciones.
A fuerza de trabajo y privaciones sin cuento, sus industriales han creado una industria española que en cuarenta años ha progresado y alcanzado altísimo nivel. Esta industria viene siendo atacada de raíz de algunos años a esta parte, y últimamente lo ha sido y lo es por medio del tratado con Francia y del proyecto de modus vivendi con Inglaterra.
"Señor: sólo la poderosa iniciativa de V. M., su alta sabiduría y el amor que profesa a nuestro país, puede poner remedio a nuestros males. Rogamos, pues, a V. M. que lo haga, seguro de que no han de faltarle las bendiciones del cielo, y la inmensa, la inmensísima gratitud de los hijos de Cataluña."[2]

Alfonso XII, tras escuchar a la Comisión les manifestó que "si alguna vez (había) lamentado ser rey constitucional (era) ésta."

"Que recibía satisfecho a los representantes de Cataluña y una comisión tan notable”. “ Que comprende perfectamente estas reclamaciones”,”Que gracias a lo expresado, España no era una nación exclusivamente agrícola, y por lo tanto, pobre, de modo que si España tiene industria lo debe a Cataluña. Que España sin industria, y sólo con sus recursos naturales, no podía alimentar a sus habitantes, y si, desgraciadamente, se llegase a perder lo que tiene, abriga el triste presentimiento de que (…)al final de su reinado España tendría menos habitantes que ahora”.
 Que”por su carácter de Rey constitucional, tenía que atemperarse a las Cortes y a los ministerios, y que en el caso particular del actual tratado, cuando se hizo el de Francia, fue de prever que fatalmente venía el de Inglaterra. Dijo que de todos modos Cataluña podría llevarse la seguridad de que sería su abogado convencido, en las cuestiones de su industria y de sus leyes, porque en cuanto a la primera era proteccionista, y tan individualista como la Comisión por lo que respecta a las segundas. Dijo, finalmente, que recibía con mucho gusto la Memoria y tendría interés en estudiarla".

En 1887 se constituyó la Lliga de Cataluña defensora de:
*.- las Cortes catalanas.
*.- la oficialidad de la lengua catalana y de su enseñanza.
*.- la existencia de tribunales catalanes.
Al año siguiente, aprovechando una visita de la Regente María Cristina a Cataluña, se le solicitó una amplia Autonomía para Cataluña.
En 1891 se creó la Unión Catalanista que pretendió aglutinar a las distintas tendencias del catalanismo.

Las Bases de Manresa, 25 de marzo de 1891, (redactadas por Prat de la Riba[3]) constituyeron el programa político de la derecha e izquierda catalana y que fundamento y la proclamación abierta, oficial y sistemática del autonomismo catalanista.
Las Bases de Manresa establecían:

(...) "Se mantendrá el carácter amplio de nuestra legislación antigua, formando, para ponerlas de acuerdo con las nuevas necesidades, las sabias disposiciones que contienen respecto a los derechos y libertades de los catalanes.
La lengua catalana será la única que con carácter oficial podrá usarse en Cataluña y en las relaciones de esta región con el poder central.
Únicamente los catalanes, ya lo sean por nacimiento bien por naturalización, podrán desempeñar cargos públicos en Cataluña (...).
Cataluña será la única soberana de su gobierno interior, por tanto dictará libremente sus leyes orgánicas; cuidará de su legislación civil, penal, mercantil, administrativa y procesal; del establecimiento y percepción de impuestos; de la acuñación de la moneda, y tendrá todas las demás atribuciones inherentes a la soberanía que no correspondan al poder central.
(...) La enseñanza pública en sus diferentes ramos y grados deberá organizarse de una manera adecuada a las necesidades y al carácter de la civilización de Cataluña (...)
La Constitución catalana y los derechos de los catalanes, estarán bajo salvaguardia del poder ejecutivo catalán. Se reformará la legislación civil de Cataluña  tomando como base su estado anterior al Decreto de Nueva Planta y las nuevas necesidades de la civilización catalana (...).

En 1899 se produjo una resistencia colectiva contra una reforma tributaria. Ante este conflicto, Cánovas del Castillo sostuvo que "contra los intereses legítimos e ilegítimos de una Región están el interés y la dignidad del país". La radicalización de posturas entre Gobierno Central y Cataluña se fueron haciendo progresivamente más patentes.
A finales del siglo XIX  el catalanismo adoptó un carácter defensivo motivado por intereses económicos y políticos bien definidos:
*.- la filoxera de 1890 había devastado los viñedos catalanes.
*.- la pérdida de Cuba supuso para los industriales catalanes un serio revés económico en sus exportaciones.
*.- los agravios de los industriales y comerciantes se mezclaron con un clericalismo de las clases medias acomodadas urbanas y con la tradición carlista de las zonas rurales.

El nacionalismo catalán se convirtió, por primera vez, en una fuerza poderosa que alteró profundamente la aparente estabilidad del régimen político de la Restauración.

LA NACIONALIDAD CATALANA[4] (1906)
Siendo la nacionalidad una unidad de cultura, un alma colectiva, con un sentir, un pensar y un querer propios, cada nacionalidad ha de tener la facultad de acomodar su conducta colectiva, es decir, su política, a su sentimiento de las cosas, a su sentido, a su libre voluntad. Cada nacionalidad ha de tener su Estado.
[...] La aspiración de un pueblo a tener política propia, a tener un Estado suyo, es la fórmula política del nacionalismo. La aspiración a que todos los territorios de la misma nacionalidad se agrupen bajo la dirección de un Estado único es la política o tendencia pannacionalista...
[...] Allá donde hay nacionalidades que han de hacer vida en común, el régimen federativo tiene natural aplicación; el Estado federal, asociación de los Estados nacionales, es el organismo jurídico de la nueva formación política.
[...]  Del hecho de la nacionalidad catalana nace el derecho a la constitución de su Estado propio, de un Estado catalán. Del hecho de la actual unidad política de España, del hecho de la convivencia secular de varios pueblos, nace un elemento de unidad, de comunidad que los pueblos unidos han de mantener y consolidar; de aquí, el Estado compuesto.
Estos dos hechos primarios, fundamentales, el de la personalidad nacional de Cataluña y el de la unidad de España, fortalecidos por dos leyes correlativas, la de la libertad que implica la autonomía y espontaneidad sociales, la de la universalidad que lleva a la constitución de potencias mundiales, se resuelven en una fórmula de armonía, que es la Federación Española.
Así, el nacionalismo catalán, que nunca ha sido separatista, que siempre  ha sentido la unión fraternal de las nacionalidades ibéricas dentro de la organización federativa, es aspiración levantada de un pueblo, que, con conciencia de su derecho y de su fuerza, marcha con paso seguro por el camino de los grandes ideales progresivos de la humanidad.
Enric PRAT DE LA RIBA:  La nacionalidad catalana, Alianza Editorial/ Enciclopedia Catalana, Madrid, 1987[5].

Representa la reacción de un nacionalismo identitario, cultural, frente al carácter uniformizador y centralista del nacionalismo político surgido de la revolución liberal (Constitución de 1812) y del posterior desarrollo del Estado liberal durante el siglo XIX.
El punto de arranque de sus reivindicaciones, el fin de la Guerra de Sucesión y los Decretos de Nueva Planta de Felipe V. (1713, y ss)
Define nacionalidad (en cuanto carácter distintivo de una nación) como “unidad de cultura” y “alma colectiva, con un sentir, un pensar y un querer propios”. Deduce que cada nacionalidad, consecuentemente, ha de poder acomodar su política (su conducta colectiva) a su forma de ser propia y que, para ello, cada nacionalidad ha de tener su propio Estado.
A esto aspira el nacionalismo: a que cada pueblo, cada nacionalidad, tenga su propio Estado y  que todos los territorios separados, de una misma nacionalidad, puedan unirse bajo un único Estado. Propugna el sentimiento nacional, su independencia. (Carácter expansivo, imperialista).
De la existencia de la nacionalidad catalana, según Prat de la Riba, surge el derecho de Cataluña a tener un Estado catalán.
Pero también Cataluña (como nación, en el sentido de gentes vinculadas y organizadas políticamente en un Estado) ha convivido durante siglos con otros pueblos integrados en una “unidad política” llamada España  (Estado español y no nación española).
Por ello, solo la constitución de un “Estado federal, asociación de los Estados nacionales”, puede hacer compatibles ambas realidades (el derecho de Cataluña a tener su propio Estado y la continuidad de secular unión con las demás nacionalidades ibéricas. Se hace necesaria, por tanto, la constitución de la Federación Española.
Por ello, Prat de la Riba afirma que el nacionalismo catalán nunca ha sido separatista, siempre  ha sentido y respetado la unión fraternal de Cataluña con las demás nacionalidades ibéricas dentro de su necesaria organización federativa.

Redactor en 1891 de las Bases de Manresa, programa político de la derecha e izquierda catalana y proclamación abierta, oficial y sistemática del autonomismo catalanista:
“Cataluña será la única soberana de su gobierno interior, por tanto dictará libremente sus leyes orgánicas; cuidará de su legislación civil, penal, mercantil, administrativa y procesal; del establecimiento y percepción de impuestos; de la acuñación de la moneda, y tendrá todas las demás atribuciones inherentes a la soberanía que no correspondan al poder central”.

“Lo que generalmente se llama patria grande no es sino un Estado compuesto de varias agrupaciones sociales que tienen la condición de verdaderas patrias”.
España “no es más que el Estado o agrupación política a la cual pertenecen” los catalanes.
“El Estado es una entidad política, artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. El primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas”.
La Patria es “la comunidad de gentes que hablan una misma lengua, tienen una misma historia común y viven hermanados por un mismo espíritu que marca con un sello original y característico todas las manifestaciones de su vida”.

¿Cómo armonizar las justísimas reivindicaciones de Cataluña con la unidad política de España?. Por medio de la organización regionalista, por la unión federativa de las antiguas nacionalidades españolas.
“¿Qué atribuciones tendría el poder central o deferal en esta organización?. Todas las que se refieren a las relaciones de España con otros Estados, y, en general, las relaciones con intereses comunes a todas las regiones de España, como el ejército, las aduanas, ferrocarriles generales, etc.”. El “poder nacional catalán tendría todas las demás”.

Gobernada España por el Estado español, los catalanes somos españoles como miembros de este Estado, como ciudadanos de esta sociedad política.
No somos, pues, enemigos de España, tomada en este sentido (el único real), ni al combatir el Estado español queremos otra cosa que rehacerlo con equidad y justicia y con una organización más adecuada y perfecta, dentro de la cual Cataluña puede encontrar una vida de libertad y progreso”.

La radicalización de posturas llevó a la diferenciación de grupos nacionalistas:
*.- Angel Guimerá y el periódico La Renaixença creó un núcleo que evolucionó hasta transformarse en 1901 en la Lliga Regionalista.
Después del fracaso político del Regeneracionismo catalán, la Lliga Regionalista se constituyó como un partido conservador de base burguesa, aceptó la monarquía y la unidad de España, pero  aspiró a una profunda revisión constitucional que garantizase la autonomía política y cultural de Cataluña.

En 1906 y 1907 surgió Solidaridad Catalana (amplia coalición electoral bajo la hegemonía de la Lliga que integró a carlistas y catalanistas republicanos), concebida como  respuesta patriótica de afirmación catalanista y frente electoral en defensa de las libertades catalanas  que se consideraban amenazadas.
La Lliga constituyó un fuerte grupo de presión con poder efectivo en la política nacional hasta 1936. El "pleito catalán" estuvo hasta 1917 en manos de la Lliga y ésta se inclinó hacia una política conservadora buscando el acuerdo político con el maurismo, terminando en un rotundo fracaso.

El Decreto de Mancomunidades hizo posible la constitución de la Mancomunidad de Cataluña (1914) y posibilitó que la Lliga lograse triunfos considerables en el plano político-administrativo al poner la administración local al servicio de la cultura y de los intereses catalanistas.

*.- La visita de Alfonso XIII a Barcelona (1904) hizo surgir discrepancias ideológicas en el seno del catalanismo. Las fuerzas de izquierda (nacionalistas, republicanos, demócratas y liberales) se escindieron del  movimiento representado por la Lliga y se agruparon en torno al semanario "El Poble Català", del que surgió en 1906 el Centre Nacionalista Republicà y que dio origen al grupo Esquerra Catalana.

*.- La réplica al movimiento catalanista fue la creación y rápido desarrollo en Barcelona de un partido republicano, el Partido Radical (1908),  que adquirió fuerza entre la pequeña burguesía urbana, los barrios obreros y los bajos fondos barceloneses. Este partido radical, con su actitud provocativa frente al catalanismo, sirvió al Gobierno Central como elemento de choque contra el nacionalismo y contra el movimiento obrero organizado.

Hasta 1898 el movimiento catalanista se reducía a uno pocos jóvenes, de clase alta y media, vinculados a la Renaixença (movimiento cultural que pretendía recuperar la lengua catalana como vehículo de expresión pública y que carecía de reivindicaciones políticas catalanistas).
Cataluña había sido la gran beneficiada del comercio cubano al tener un abastecimiento regular y barato de algodón para su industria textil, asegurándose además un mercado para sus productos manufacturados.
La burguesía industrial fue la más afectada con la pérdida de las colonias, después de esta pérdida cundió la idea de que el sistema centralista era un fracaso y que España también lo era (como Estado político y como sistema económico). La solución pasaba por "salvar" la Cataluña industrial y desarrollada de un lastre arcaico y pobre, que, sin embargo, le había permitido su crecimiento económico con el proteccionismo canovista.
En 1901 el catalanismo político cobró fuerza al unir a los catalanistas partidarios de colaborar con el sistema (agrupados en el Centre Nacional Catalá de Enrique Prat de la Riba[6]) con los regeneracionistas de la Unión Regionalista (formada por burgueses barceloneses).
De esta unión surgió la Lliga Regionalista. Elegidos diputados nacionales[7] sus cuatro candidatos[8], quedaron en Barcelona sin representación los partidos dinásticos y en minoría los republicanos que, ante la pérdida del apoyo de la clase media, lograron el apoyo de las clases más populares.
En Barcelona, Alejandro Lerroux lideró a los republicanos con su oratoria incendiaria y su programa: separación de la Iglesia-Estado, autonomía regional y derechos sociales como la jornada de ocho horas, con lo que se ganó a las clases trabajadoras de la ciudad. Las elecciones municipales de ese mismo año llevaron al republicanismo a duplicar su voto en Barcelona y tomar las alcaldías de diez ciudades catalanas más. Lerroux acusó al gobierno de favorecer al separatismo catalanista y a la jerarquía eclesiástica de apoyar a la Lliga Regionalista.

Se planteó en Cataluña, a partir de este momento, el dualismo regionalismo-republicanismo y un fuerte crecimiento del anarquismo.

La Lliga Regionalista se vio con el tiempo empujada hacia posiciones cada vez más conservadoras (la huelga general de 1902 acobardó a la clase media barcelonesa, soporte del partido catalanista). El miedo a la desestabilización del orden social llevó a la Lliga a su alianza con el Comité de Defensa Social, un organismo católico, profundizando aún más su conservadurismo.

La visita de Alfonso XIII a Barcelona, de la mano de su presidente de gobierno (el conservador Antonio Maura), fue aprovechado por Francesc Cambó para fomentar una línea posibilista con el régimen de la Restauración, por ello el sector más liberal de la Lliga se escindió, agrupándose en torno al periódico "El poble Catalá" y se constituyó en partido político en 1906: Centre Nacionalista Republicá.
La derechización de la Lliga asumió el antiguo voto conservador en 1903 y 1905, pero no evitó su derrota ante la conjunción de los republicanos de la Unión Republicana. En Barcelona, el predominio republicano fue claro hasta 1914 y en el resto de Cataluña los partidos dinásticos pudieron mantenerse, impidiendo a la Lliga proclamarse portavoz del sentir de la opinión pública catalana.
Las dos fuerzas antagónicas, regionalista y republicana, fueron creciendo a costa de las fuerzas del régimen canovista.

En 1905, a pesar del crecimiento de los catalanistas y la disidencia de algunos republicanos no impidieron la victoria de la Unión Republicana.
El 25 de noviembre de 1905, una caricatura en el periódico satírico "Cu-Cut" provocó un escándalo político. El dibujo satirizaba al ejército a cuenta de la derrota de Ultramar. En respuesta, un grupo de oficiales de la guarnición barcelonesa asaltó el periódico humorístico y también el edificio de "La Veu de Catalunya", períodico vinculado a la Lliga, destruyendo las prensas. Los militares respondían así a la mofa catalanista de los símbolos nacionales. El gobierno Moret, presionado por los militares, aceptó presentar en las Cortes la ley de jurisdicciones, en la cual se colocaba bajo jurisdicción militar toda ofensa a la Patria, el honor de las fuerzas armadas y sus símbolos.
La aprobación de esta ley significó que los catalanistas podían, según el caso, ser juzgados por tribunales militares.
La protesta en Cataluña fue general y fue Salmerón, presidente de la Unión Republicana, quien tendió la mano a los catalanistas de la Lliga para luchar por Cataluña con independencia de sus políticas. Lerroux protestó, aprobando la acción de los militares contra los catalanistas de la Lliga, y con ello consiguió el apoyo de la mitad de los republicanos de la ciudad de Barcelona.

El 11 de febrero de 1906 se constituyó en Gerona la Solidaridad Catalana, una coalición electoral que agrupó a la mayor parte de las fuerzas políticas del Principado[9]. Esta coalición electoral pretendía defender los "derechos" de los catalanes y se constituyó en un movimiento de masas al agrupar a todas las fuerzas excepto a los lerrouxistas.
La Lliga fue la más favorecida porque su alianza con la izquierda republicana y los carlistas la colocaban en una posición centrista, además su orientación conservadora la situaban como el portavoz lógico con el que el gobierno conservador de Antonio Maura. El lerrouxismo recibió el apoyo de una clase media liberal españolista, pero el conservadurismo reforzó a Solidaridad Catalana.

En 1907, llegó el primer triunfo de la coalición en las elecciones provinciales, obteniendo Prat de la Riba la presidencia de la diputación de Barcelona. En abril fueron las elecciones al Parlamento nacional y el éxito de la coalición fue completo, 41 de los 44 escaños catalanes fueron para ellos.
Republicanos y carlistas obtuvieron de esta forma una representación que nunca habían logrado con los manejos de los partidos dinásticos. Los lerrouxistas en consecuencia se reorganizaron como Partido Republicano Radical.
Sin embargo, la coalición era demasiado heterogénea y Maura lo sabía. La ley de administración local del gobierno conservador permitía el establecimiento de Mancomunidades de servicios provinciales, con lo que se ganó el apoyo de la Lliga y con la elección orgánica de una parte de los concejales y diputados provinciales la de los carlistas.
Pero esto no fue del agrado de los republicanos y federalistas que empezaron a erosionar la Solidaridad Catalana, cuando los lligistas se acercaron a los monárquicos catalanes ofreciéndoles la vicepresidencia de la diputación, y fue rechazado un plan municipal de enseñanza con una clara orientación laica.
Los tres grupos más izquierdistas de Solidaridad Catalana se unieron para formar la Unión Federal Nacionalista Republicana (4). Las elecciones municipales de 1909 vieron el resurgir del lerrouxismo en las siglas radicales y la aparición de una izquierda catalanista que duplicó a la candidatura barcelonesa de la Lliga con los carlistas.

La Semana Trágica ocasionó el fin de la coalición electoral cuando el estallido popular contra la leva de reservistas a la guerra de Marruecos empujo a una asustada clase burguesa regionalista al bando de Maura. La posterior acusación a los revoltosos de haber provocado un estallido separatista inhibió a los radicales, aunque sus bases obreras habían orientado el furor popular contra el clero quemando 12 iglesias y 40 escuelas religiosas. El proceso y ejecución del dirigente anarquista Ferrer Guardia provocó la constitución de la Conjunción republicano-socialista. El reo no había tenido ninguna responsabilidad directa en los acontecimientos de la Semana Trágica, pero en su Escuela Moderna se había adoctrinado a favor del desorden social y algunos de los culpables habían sufrido su influencia, por lo que era el responsable moral de la revuelta.

Antonio Maura ofreció a Francesc Cambó la posibilidad de formar un partido nacional alternativo al suyo, porque el partido liberal fusionista se encontraba dividido en varias fracciones, y se necesitaba crear un nuevo contrapeso al conservador para mantener el sistema de la Restauración. Pero el gobierno Maura cayó a consecuencia de las protestas ocasionadas por la ejecución de Ferrer Guardia y los liberales se agruparon en torno a Canalejas formando un nuevo gobierno en 1910.

Las elecciones legislativas de ese año evidenciaron el predominio radical en Barcelona, la canalización del voto republicano del resto de Cataluña a la izquierda catalanista, la reducción de la Lliga a su época anterior a la coalición de Solidaridad Catalana y la recuperación de los partidos dinásticos.
Como consecuencia del resultado electoral, el radicalismo se extendió al resto de España como un movimiento centrista lo que le ocasionó problemas con su base proletaria en Barcelona. Aparte, su alianza en 1914 con el catalanismo republicano no fue aceptado por ninguno de sus votantes.

La Unión Federal Nacionalista Republicana fracasó como alternativa izquierdista del catalanismo, al estar encajonado entre el catalanismo conservador de la Lliga y del republicanismo españolista del Partido Radical. En 1914, la victoria de la Lliga en Barcelona abrió su hegemonía en el periodo siguiente. Su identificación con los logros económicos de los industriales y comerciantes en la Primera Guerra Mundial fomentaron la buena imagen de un Cambó cada vez mejor visto como un hombre de Estado para toda España.

Entre tanto, los republicanos se dispersaron en varios grupos, disolviéndose la Unión Federal Nacionalista Republicana. Marcelino Domingo y otros crearon el Bloque Republicano Autonomista y en 1917 el Partido Republicano Catalán, pero a pesar del esfuerzo logrado, el catalanismo de izquierdas fracasó quedando en la marginalidad política. El espacio nacionalista estaba ocupado por la Lliga y el de la izquierda por los radicales. La Lliga desde 1913 había capitalizado el éxito de la formación de la Mancomunidad, que presidió Prat de la Riba. Este organismo interprovincial reunió las competencias de las diputaciones provinciales, no así las del Estado, y procuró modernizar las infraestructuras viarias y fomentar el catalán como idioma de uso comercial y no únicamente literario.

En el campo republicano la división interna impidió su concurso como fuerza unida y fomentó su declive. La conjunción republicana-socialista fue difícil de mantener y sus elementos más moderados como Gumersindo de Azcárate y Melquíades Alvarez fundaron en 1912 el Partido Reformista, como un movimiento reformista de izquierdas, que intentaría de forma vana introducir savia nueva en la izquierda liberal del sistema dinástico.

Para colmo, la reducción a la marginalidad del catalanismo de izquierdas ayudó a consagrar el bipartidismo de la Lliga y el radicalismo en Barcelona. Alejandro Lerroux pudo mantener su posición filoobrera hasta 1923, debido a que aunque su partido careciese de movimiento sindical, la Solidaridad Obrera y posteriormente la CNT no estaban vinculadas a ningún partido político. Su organización predominante en el proletariado catalán impidió el asentamiento de la UGT y por tanto, eliminaron la base humana para la construcción política del socialismo.

La Lliga se enfeudó con una política nacional en la que pidió en vano un mayor librecambismo para favorecer la exportación de la industria catalana y la importación de materias primas, aprovechando la coyuntura positiva de la Primera Guerra Mundial. Además consiguió hacer fracasar el proyecto de Santiago Alba, antiguo regeneracionista y defensor de los intereses cerealeros castellanos, que era favorable a gravar con un impuesto especial los beneficios extraordinarios de la guerra. Algo por otra parte, en la que coincidieron los diputados más extremistas del arco parlamentario, como el socialista Prieto y el carlista Pradera, aunque este último recalcase que él no apoyaba la expropiación de los medios de producción[10] (5).

En 1917, la crisis política suscitada por la actitud levantisca de los oficiales organizados en las Juntas Militares de Defensa pusieron a sucesivos gobiernos liberales contra la pared en sus reivindicaciones corporativas. El gobierno recién constituido de Eduardo Dato suspendió las garantías constitucionales y cerró las Cortes. Cambó orquestó un movimiento parlamentario de oposición a esta decisión convocando una reunión de diputados en Barcelona que fue prohibida por el gobierno.

Francesc Cambó se levantó como el caudillo de una burguesía regeneracionista que pretendía sustituir el caduco sistema canovista por otro más acorde con la realidad social y democrática. Para esto consiguió el apoyo de la izquierda republicana y socialista, aunque no logró el apoyo de Maura para compensar la alianza con la izquierda. Sin embargo, el catalán no pretendía una revancha como sus aliados, sino una concesión de poder real a su partido y apoyo a sus reivindicaciones catalanistas. Pero la Huelga General estalló el 10 de agosto, un movimiento promovido para apoyar a la Asamblea Parlamentaria, la UGT intentó evitar su extensión por no ser el momento más adecuado, mientras la CNT se negó a cualquier tipo de moderación.

La Asamblea Parlamentaria recibió un hachazo más que un apoyo, el ejército que se creía guardaría una posición neutral por el movimiento juntero que había en su seno, tomó parte en sofocar la huelga a las órdenes del gobierno. La clase burguesa asustada del desorden social se posicionó a favor de la represión y la Lliga en consonancia con esta, desertó de su alianza con la izquierda para colaborar con el gobierno. En premio a ello, en el nuevo gobierno de unión nacional presidio por Antonio Maura, dos catalanistas de la Lliga, Francesc Cambó y Joan Ventosa, formaron parte de él.
Sin embargo, la entrada en el gobierno de Cambó, le trajo el odio de la izquierda, y sus reivindicaciones sobre una autonomía para Cataluña el de las derechas. La imposibilidad de obtener alguna reivindicación por su postura posibilista en la política española lo condenó ante su público. Maura y Alcalá-Zamora le llegaron a decir: Su señoría pretende ser a la vez el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España, son pretensiones contradictorias, y es preciso que su señoría escoja entre una y otra (6).

La consecuencia política de su fracaso fue la escisión de las juventudes de la Lliga y sus cuadros profesionales, Rovira i Virgili, Nicolau d'Olwer, Bofill i Mates y Carrasco i Formiguera entre ellos, que formaron Acció Catalá. Esta organización política se orientó hacia la izquierda, canalizando en ella el catalanismo descontento con Cambó y consiguiendo derrotar a la Lliga en las elecciones provinciales de 1923. Francesc Cambó se retiró de la vida pública tras ver su posibilismo derrotado. Finalmente las clases medias regionalistas ante el creciente desorden social apoyaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera a dar un golpe de Estado.




Una parte del catalanismo, como casi tos los nacionalismos de finales del XIX, se vio impregnado de racismo.
Valentí Almirall estableció las diferencias entre el «carácter» castellano y catalán, aproximándose a una «teoría racial de la nación catalana» que Pompeu Gener fue el primero en enunciar: existe una raza catalana, de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas. Mientras los catalanes reconquistaron pronto sus territorios y entraron bajo la benéfica influencia aria de los francos, Castilla pasó largos siglos dominada por los semitas «árabes y bereberes» lo que explica su radical diferencia y la incompatibilidad de ambos pueblos.
Joaquim Casas-Carbó en 1891 en sus Estudis d´etnografia catalana utilizó argumentos filológicos para demostrar el irrefutable origen ario de los catalanes.
En 1899, el doctor en medicina Bartomeu Robert expuso la heterogeneidad racial de la Península motivada por las invasiones germánicas y semitas. Utilizando las mediciones craneales, estableció en ella tres áreas raciales: braquicéfalos (de cabeza redonda, de las regiones del Atlántico), dolicocéfalos (cráneo alargado de las regiones mediterráneas) y mesicéfalos (mezcla de ambos en la España central).

En las publicaciones nacionalistas de la época (Tralla, Cut-cut, La Esquella de la Torratxa, La Nació Catalana) abundan artículos y cartas titulados «Moros mal qu´els pesi», «Sí, hi ha rasses», «Contra´ls els semites» o firmados como «Un que li repugnen els castellans».
Joan Bardina, conformó una imagen de una España «africana» agrícola, burocrática y semita, frente a una Cataluña «europea», industrial y aria. Para Domingo Martí i Juliá era una cuestión «de higiene social» el impedir la entrada de «elementos personales, intelectuales, morales y políticos degenerados y producto de razas inferiores y además decadentes».
Un sector del catalanismo «se inventó el “problema castellano” y divulgó la teoría de una inmigración castellana» que venía a Cataluña para vivir a expensas de una riqueza que no había contribuido a crear y, lo que era más grave, a causar unos problemas sociales que de otro modo no existirían.

Enric Prat de la Riba: los catalanes no son una «raza antropológica», sino una «raza histórica». Las naciones son distintas porque la raza, pero sobre todo la historia, las han hecho diferentes. La «castellanización» de Cataluña sólo es «una costra sobrepuesta, una costra que se cuartea y salta, dejando salir intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza».
La tierra es la que da sentido a todo, «Es la tierra, en definitiva, la que hace la nación».

R. Boquet (1916), defiende «la regeneración de la raza y de la estirpe catalana»; el doctor E. Puig i Sais, (1915), señala los riesgos de que la inmigración pueda descatalanizar el país y defiende la necesidad de aumentar el número de «catalanes de raza pura».
La oleada inmigratoria de los años 20 y 30 procedente de Murcia y Almería suscitó un intenso debate político, social y sindical. Tema recurrente en los diarios de sesiones del Ayuntamiento de Barcelona, en el Parlament de Catalunya, en la prensa y en todo tipo de publicaciones y que, generalmente, plantearon un diagnóstico negativo del impacto de la inmigración sobre la lengua y la cultura catalana. Daniel Cardona concibe la inmigración como arma de una guerra contra Cataluña.
El manifiesto Per la preservació de la raça catalana (1934), alerta de los peligros de la inmigración, cuyas graves consecuencias «nos pueden hacer pensar en la transformación o retroceso de la capacidad genética». Una inmigración incontrolable, produce «la mezcla de razas». A través de la Societat Catalunya d´Eugénica estudia las características de la «mezcla» y los mecanismos de «defensa de la nostra raça».
Pere Mártir Rosell i Vilar, veterinario y diputado al Parlament como representante del ala radical de ERC, publicó en 1917 el folleto Diferéncies entre catalans i castellans. Les mentalitats específiques donde deduce que de las grandes diferencias entre ambos pueblos, su mezcla conduce a la degeneración biológica. La raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura evitando el mestizaje que propicia la inmigración; la raza es el factor fundamental de cohesión colectiva y donde cualquier alteración racial constituye un peligro.

Antoni Rovira i Virgili, (catalanismo de izquierdas) en su libro La nacionalització de Catalunya (1914) plantea que la relación entre Cataluña y Castilla (por España) está marcada por «una irreductible oposición espiritual», con dos visiones del mundo antagónicas. La inmigración resulta un factor objetivo de «descatalanización» y propone una decidida política de defensa de la lengua y la asimilación lingüística de los inmigrantes para esquivar este peligro.
Aymá i Baudina (catalanista de izquierdas), distingue «entre los obreros auténticos que pasan hambre en silencio» y «los vagos forasteros que hablan siempre en castellano», contra los que propone «vigilancia a la entrada de la ciudad y energía por parte de las autoridades».
Gabriel Alomar, fundador de la Unió Socialista de Catalunya (USC), escribe en 1932, refiriéndose a estos inmigrantes: «Son los que fuerzan una igualdad hacia abajo, los que por falta de necesidades superiores se contentan con cualquier salario y llenan el trágico vacío interior con truculencias negroides. Son la base del lerrouxismo y para la labor paciente y constructora no son útiles».
Comunistas heterodoxos, como Jordi Arquer o Joaquim Maurín, fundaron el Bloc Obrer i Camperol (BOC), también alertan sobre los peligros del proletario inmigrante analfabeto poco formado políticamente, proclive al anarquismo y alejado del hecho nacional catalán.
Maurín, en 1928: «El ascenso del anarcosindicalismo a partir de 1917 es debido principalmente a la afluencia de peonaje a Barcelona atraído por la prosperidad industrial. Los fenómenos morbosos que posteriormente se producirán son producto de esta circunstancia. El proletariado catalán, que no tiene nada de anarquista, fue incapaz, ante el alud, de asimilar toda la gran masa. Fue impotente para dominar la invasión. El número se impuso a la calidad (...) No es casualidad que los «ases» del anarquismo en Barcelona, los Pestaña, Buenacasa, Picos, Rico, etc., no sean catalanes».
Rafael Campalans, de la USC, que, en 1923, publicó El socialisme i el problema de Catalunya, un alegato a favor de la integración cultural de la inmigración. La nación catalana es «el grupo de hombres que viven en Cataluña y tienen una voluntad colectiva de convivencia y progreso, vengan de las tierras que vengan (...) a los que son hijos de Cataluña y los que han nacido sometidos aún a la esclavitud del caciquismo».


Los acuerdos de posguerra promocionados por el presidente norteamericano Wilson dieron carta de naturaleza a algo que los liberales habían rechazado con todas sus fuerzas por considerarlo el germen de la destrucción de la nación de ciudadanos -y de la pérdida de toda libertad: la idea de que toda comunidad que compartiera rasgos culturales comunes podía apelar a un supuesto derecho natural a constituirse en un Estado independiente.
En ese ambiente se explica el auge que a partir de 1917 cobró en España un nuevo discurso nacionalista contrario a la llamada España tradicional y oligárquica.
A partir de entonces empezaría a gestarse un nuevo nacionalismo catalán que dejaba atrás los presupuestos imperiales de la Lliga, en ese contexto se inscribe también ese panfleto antiliberal que redactara Blas Infante en 1919.
La bestia negra de todos ellos era no esa España opresora de su imaginación, sino la España constitucional pactada entre 1876 y 1890 por Cánovas y Sagasta y, por tanto, el único régimen liberal y representativo que había funcionado bien desde 1812 en adelante, el mismo sistema político que, con todos sus defectos, había proporcionado la estabilidad y la paz política que el país necesitaba para recortar la distancia que separaba a la economía española de sus homólogas europeas.
Todo eso, adecuadamente combinado con algunos elementos del discurso regeneracionista, formaría un compuesto demoledor para la España constitucional.
El catalanismo político adoptaría luego numerosas caras: una más amable y conservadora, que no era independentista en la medida en que deseaba una reordenación del Estado Español sobre bases catalanistas y jugaba en «la política madrileña» a desempeñar un papel de fuerza de gobierno (los mismos que luego, tras la durísima primera mitad del 1936, no dudarían en dar su apoyo a los nacionales);  otra más estridente y progresista, que se identificaba con una Cataluña libre de las cadenas del Estado español opresor y que, como explicará Francesc Maciá a propósito de la insurrección de Prats de Molló, consideraba la violencia como «el único medio por el cual España puede entrar en razón, ella que no ha reconocido nunca ningún derecho a ningún pueblo opresor, si éste no le ha exigido por las armas».
Ambas compartían un mismo supuesto inicial, presente en Prat de la Riba: el desprecio hacia la modernidad liberal y hacia los supuestos sobre los que se asentaba la nación española desde 1812.
El odio hacia esa España llegaría a ser visceral en el caso de la izquierda republicana catalana: «Nuestro odio contra la vil España es gigantesco, loco, grande y sublime; hasta odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia Historia.. .»
La cuestión no estriba tanto en la estrategia seguida, sino en el modelo de sociedad y Estado que postulaban. Si lo que preocupaba y animaba al nacionalismo catalán era, como se nos ha dicho tantas veces, la defensa de una España más moderna y plural, no atrasada ni sometida a los condicionamientos de la llamada España oligárquica y tradicional, la pregunta que cabe formularse es por qué una vez desaparecidos esos condicionamientos, primero en 1931 y luego en 1978, el discurso catalanista siguió alimentándose de igual victimismo y rechazando cualquier medida que reforzara el papel del Estado constitucional y democrático español como garante de la igualdad de todos los ciudadanos en cualquier parte del territorio nacional.
El catalanismo no fue nunca un proyecto de modernización y democratización para una nueva España, sino una coartada en una competición entre elites por el poder.
El victimismo y la excusa de una España atrasada y autoritaria actuó dentro de una estrategia de demolición de la España construida desde 1812 en adelante, la que aseguraba (a través de un único Estado y una única ley) la igualdad de todos los ciudadanos y la desaparición de viejos privilegios territoriales (la derrota del Antiguo Régimen).
La alternativa: una sociedad cerrada y homogénea, un poder político territorial que se erige en único e indiscutible representante de la voluntad de la comunidad, y un sistema político que se dice democrático pero en el que no queda ni asomo de los principios del constitucionalismo liberal, en el que la lealtad a las reglas del juego implica sumisión a los pretextos culturales que dan sentido al nuevo Estado.
«No es cuestión de buen gobierno -había escrito Prat de la Riba-, ni de administración; no es cuestión de libertad, ni de igualdad; es cuestión de Patria».
En España lejos de construir la democracia promocionando la nación en la que se sostiene, mantenemos vivo el mismo error de percepción que alimentó el voluntarismo wilsoniano y hemos renunciado a defender lo que una España liberal y, por tanto, una sociedad abierta, significan en cuanto a defensa de la libertad individual y la igualdad frente a los que postulan la vuelta a la tribu en el marco de una nueva España plural. El remedio empieza por tomar conciencia de que el catalanismo, como el resto de nuestros nacionalismos, no se alimenta de una España reaccionaria y centralista que ahogue el derecho a la diferencia, sino del pánico a una sociedad cada vez más abierta y competitiva. No es casualidad que carlismo, anarquismo y nacionalismo, los tres grandes enemigos de la España liberal y democrática, hayan crecido muchas veces en el mismo suelo.


Maragall y Pujol proclaman que ha llegado el momento del «Estado catalán» Diada 2007
BARCELONA. Los ex presidentes de la Generalitat Jordi Pujol y Pasqual Maragall olvidaron ayer sus viejas rencillas personales y políticas para reclamar al unísono un Estado propio para Cataluña en un acto institucional que puso fin a la celebración oficial de la Diada de Cataluña.
En la entrega de la medalla de oro de la Generalitat a Pujol y Maragall, los líderes históricos de nacionalismo y del socialismo catalanes lanzaron sus proclamas independentistas para asombro y estupor de su sucesor en el cargo, José Montilla, y regocijo de los máximos dirigentes de ERC y de CiU, Josep Lluís Carod-Rovira y Artur Mas, respectivamente.
El morbo de ver «hermanados» a Pujol y Maragall en la misma causa, ya que en los últimos días habían coincidido en reclamar la «huelga fiscal» para acabar con el expolio que, a su entender, sufre Cataluña por parte del Estado, llenó el aforo del Salón de Sant Jordi del Palau de la Generalitat. Ni Maragall ni Pujol defraudaron las expectativas creadas por ambos en la conmemoración del 11 de septiembre más soberanista de toda la historia de la Diada.

Una Constitución catalana
Ante el Ejecutivo de Montilla en pleno, diputados, autoridades militares y eclesiásticas y representantes de la sociedad catalana, Maragall aseguró que «Cataluña será una nación porque figurará en su propia Constitución como Estado dentro de una Europa diversa, y no solamente porque lo diga el Preámbulo de su Estatuto».
Según el líder socialista, «ahora es el momento» de decirle a España que «tienen tres naciones no reconocidas que quieren ser Estado», en alusión al País Vasco, Galicia y Cataluña, y añadió que este reconocimiento no debilitará a la UE, sino todo lo contrario.
Tras subrayar que para él, su familia y amigos era «un honor» el galardón otorgado por el presidente catalán, nacido en Iznájar (Córdoba), recordó, Maragall comparó la rendición de Barcelona ante las tropas de Felipe V en 1714 con el bombardeo de Pinochet al Palacio de la Moneda en el golpe contra Allende y los ataques del 11-S. «Tres ciudades bom-bardeadas un 11 de septiembre de dolor», apuntó.

Constitución adaptada
Pujol, por su parte, aseguró que «no es Cataluña la que se tiene que adaptar a la Constitución, sino que es la Constitu-ción la tiene que adaptarse a Cataluña, y respetarla». El ex presidente catalán subrayó que la «nación catalana» es una realidad que «viene de mucho más lejos» que la Carta Magna. «No es fruto de ninguna Constitución ni de ningún pacto político, ni de ningún programa electoral, es una realidad histórica con identidad propia», apuntó.
Pujol, mucho más moderado que Maragall en sus planteamientos soberanistas, emplazó a Montilla a que «entre en juego» para frenar los, a su juicio, intentos del Estado de «reducir a un común denominador» a Cataluña junto al resto de autonomías. «En la defensa de una identidad propia y del autogobierno, que tiene raíces históricas que pero sobre todo expresa una voluntad de proyecto futuro, nadie nos podrá igualar en el conjunto del Estado», añadió.
Pujol también agradeció el otorgamiento de la medalla de oro de la Generalitat, pero le espetó a Montilla que para él su «mayor honor» era haber sido presidente de la Generalitat durante 23 años «por voluntad del pueblo de Cataluña».

«Un camino no deseado»
Con el fin de sofocar los ánimos independentistas, incluso dentro de su propio gobierno, Montilla contestó a Pujol y Maragall que «nadie nos hará ir, como pueblo, por un camino que, colectivamente, no deseamos». El presidente de la Generalitat matizó que, en los últimos 30 años, Cataluña «siempre ha salido adelante» y aseguró que «ahora también sabrá encontrar el camino de su futuro» si hay unión entre los partidos catalanes para alcanzar los «grandes objetivos nacionales» como el despliegue de «todas las potencialidades» del nuevo Estatuto.
El camino que traza Montilla es muy diferente al dibujado por su vicepresidente de gobierno, que insiste en la necesi-dad de poner una fecha al referéndum sobre la independencia de Cataluña. Carod abogó ayer porque la consulta popular se celebre en un «plazo sensato» y reiteró que es «la única salida» ante la situación actual de Cataluña. El secretario general de ERC, Joan Puigcercós, consideró, por su parte, que Cataluña debe seguir la «estela de Escocia» y que este país debería de ser un referente y «aliado» de la «nación catalana en su camino hacia la independencia».

El presidente de CiU, Artur Mas, emplazó a los catalanes a recuperar la ilusión y la confianza en el futuro pese a que Cataluña vive «un momento difícil» por culpa de la mala gestión del tripartito de Montilla y del Gobierno de Zapatero.
«Los catalanes se sienten en parte desconcertados, en parte confundidos y en parte enfadados, y es lógico», dijo el lí-der nacionalista, tras reiterar su confianza en su proyecto de convertir CiU en «la casa grande del catalanismo», donde tengan cabida todas las tendencias políticas. El contrapunto a esta cascada victimista y tremendista lo puso el líder de Unió. Josep Duran Lleida, que se borró de la Diada para no participar de este enfervorizado ambiente, dijo desde Chile que los catalanes no tienen derecho a quejarse ni a sentirse y comportarse como «un pueblo derrotado». «No tenemos derecho solamente a transferir y traspasar responsabilidades a los de fuera», apuntó. Duran, que desenmascaró a la clase política catalana, fue tajante: «No podemos poner siempre excusas». Desde la Casa de Cataluña en Santiago, reconoció que la Diada se ha celebrado en un clima de «desilusión y desánimo» por el síndrome post-estatutario y el, a su juicio, «trato injusto» del Estado en materia de infraestructuras.


Felipe V y Carlos III han pasado a la historia como los reyes que impusieron el castellano al servicio de la uniformización y que prohibieron el catalán, algo que, supuestamente, el pueblo y la inteligencia catalana debían de sentir, por fuerza, como una humillación. Lo peor es que el mito ha terminado por cuajar, por flotar en el aire, por ser una certeza común. Lo peor es que la mayoría de los españoles han terminado por interiorizar la idea de un trato injusto y vejatorio para las lenguas minoritarias, un trato que se debe a la intromisión más grosera del castellano y a su imposición a golpe de decreto. El mito se ha hecho carne, y aunque la comunidad lingüística se haya conseguido por necesidad e interés, aunque el verso castellano deba mucho a escritores catalanes, aunque su supuesta intromisión haya sido en el fondo aquella que señores, notables y comerciantes catalanes han querido que fuera, el murmullo que perdura es el de una lengua que avanza por las tierras de España en compañía de fieros conquistadores, monjes inquisidores, reyes absolutistas y terribles dictadores.(...)
Hay en toda esta retahíla de lamentos una melancolía de cortes medievales. Hay también un olvido: que las lenguas se hablan porque interesa materialmente hablarlas, porque su lógica es la de la necesidad y no la del discurrir divino de las naciones. El mito llevado a la calle evoca un paraíso políglota donde los catalanes vivían sin arado, sin latín, sin comercio en América, sin carreteras ni ferrocarriles que les abrieran el mercado nacional y permitieran un trasiego de ideas, viajeros y mercancías mucho más rápido e intenso, sin industria que reclamara mano de obra inmigrante y atrajera gente de toda España, especialmente del sur, sin contactos ni mestizaje ni intercambios culturales...El mito es la historia mutilada, sin personas de carne y hueso, sin mercaderes que comercian por los caminos reales de Castilla, sin poetas que buscan para sus versos un eco de más lectores, sin editores que llevan el español a las prensas porque el negocio pasa por la impresión de libros en la lengua de Garcilaso de la Vega ni burgueses atraídos por las rutas mercantiles que atraviesan el Atlántico.


LA LENGUA / El comercio, la industria, las finanzas apostaron por el castellano
El mito ha extendido la idea de que las gentes del pasado consideraban la lengua como algo sagrado, el eco de un vínculo viejísimo, y que si se perdió debió de perderse, a la fuerza, por imposición foránea. Lo que no se dice es que las lenguas están más sujetas a los avatares de la sociedad y a los intereses de las personas que a una supuesta herencia natural y divina. Lo que no se dice es que el tantas veces comentado texto de Nebrija -«que siempre la lengua fue compañera del imperio»- tuvo muy escaso eco en su época y que las directrices de la Inquisición se refieren a la conveniencia del uso del castellano en la redacción de los procesos, únicamente, en función de criterios de eficacia y funcionalidad administrativa, no de legitimaciones de mayor alcance.

Lo que no se dice es que los edictos de fe -los documentos de cara al exterior- se siguieron publicando en catalán. Lo que no se dice es que el castellano estaba en boca de catalanes mucho antes de la unión de las Coronas y que tras la llegada de Carlos V su uso se extendió entre la nobleza y la burguesía, que tenían a gala presumir de sus conocimientos de castellano y considerar a su lengua vernácula como propia de clases incultas. Lo que no se dice es que en la época de los Austrias las elites de las cortes europeas juzgaban de buen tono conocer y expresarse en español, antes que en francés o en alemán, y que el papel del mercado se dejó sentir en la voluntad de los escritores catalanes de ser leídos, a través de la imprenta, por un mayor abanico de lectores.
Se escribía en español porque era más provechoso, de la misma manera que los impresores de Barcelona editaban a Fernando de Rojas, Garcilaso de la Vega, Montemayor, Mateo Alemán y tantos otros autores castellanos porque de ese modo podían competir con Sevilla, Valencia o Toledo y llevar sus libros a Europa y al Nuevo Mundo. Aunque los poetas de la Renaixença explicaran la decadencia literaria del catalán por la pérdida de peso político de Cataluña y se dijera que el castellano se había beneficiado de ser la lengua de la Corte y del gobierno, lo cierto es que su expansión natural por tierras de Aragón, Valencia o Cataluña se debía sobre todo a los intereses comunes de las elites, a su fonética innovadora y a que en el siglo XVI tenía una gran proyección internacional.
Lo que no se dice es que si el español se extendió a Cataluña fue porque la cultura, el comercio, la industria y las finanzas apostaron por la lengua de Cervantes, una lengua internacional con la que hasta el siglo XVIII podía recorrerse Europa, Asia, Africa y América con mucho provecho.
Decir que los Borbones «descatalanizaron Cataluña» al prohibir la lengua vernácula en la enseñanza es llevar al siglo XVIII los inventos de algún historiador acosado por los fantasmas del franquismo. La muy citada Real Cédula otorgada por Carlos III en 1768 y las provisiones de años posteriores no iban dirigidas a la gente en general, analfabeta y alejada de las aulas en la sociedad del Antiguo Régimen, sino a los grupos selectos y adinerados, cuyos hijos debían ocupar los altos cargos de la administración, las finanzas, el comercio o el ejército y ya se educaban en latín y español desde antes de Carlos III y desde antes de los Reyes Católicos sin mayores nostalgias. Leídas en su contexto, las leyes de uniformización lingüística del siglo XVIII proceden en su mayoría de leyes de comercio, de administración común, de unificación de moneda y de liquidación de aduanas, de modo que en el mismo documento donde se regulan esas materias aparece la referencia a la lengua castellana. Leídas en su contexto, ocurre que esas leyes a quienes más interesaban era a los fabricantes y comerciantes catalanes, hechizados por las jugosas ganancias que podía reportarles el mercado de las colonias americanas.


LA SOCIEDAD / España era la nación y Cataluña la patria
Los catalanes del siglo XIX, como sus antecesores del XVIII, participaron plenamente, y sin albergar dudas al respecto, en la construcción de la España moderna. Catalanidad y españolidad eran dos alientos estrechamente hermanados entre sí.
Las gentes de la Renaixença tenían claro que España era la nación y Cataluña la patria. La mitificación de la Edad Media, la elaboración de una cultura propia y la recuperación de la lengua vernácula se debió a la necesidad de borrar la intensa confrontación de clases que la rápida expansión industrial estaba abriendo en Barcelona.
El ideal de una burguesía nacionalista, laica, liberal en política, librecambista en economía, defensora de la industria y la modernidad, racionalista y creyente en la acción imparable del progreso científico, no deja de ser un mito. Católica hasta las entrañas y ferozmente proteccionista, la burguesía catalana fue culturalmente muy poco avanzada, socialmente muy refractaria a cualquier reformismo y políticamente muy conservadora. En 1833 se opuso al carlismo, porque sus intereses económicos pasaban por el liberalismo. Terminada la guerra, aunque alejada de la política partidaria, se identificó con el moderantismo y se emocionó con la guerra de Africa auspiciada por Leopoldo O'Donnell. En 1874, tiroteado Prim y hostiles a la bullanga republicana, los patronos catalanes se entusiasmaron con la Restauración y con el regreso de la gente de orden al gobierno. Hasta finales del siglo XIX, recelosos del movimiento federalista, antimonárquico y republicano al que se vio abocada Barcelona tras el destronamiento de Isabel II, se olvidaron de la descentralización y las leyes viejas. La Restauración les trajo el fin de los agitados días de la República, les trajo en unos pocos años el proteccionismo, tan necesario a sus negocios (...)
Los fabricantes catalanes compartirían sueños y mantel con Cánovas del Castillo y sostendrían la intransigencia más cerril contra los rebeldes cubanos y filipinos. Frente a mambises y tagalos fueron más colonialistas que Weyler y Polavieja, de la misma manera que años después, frente a la Semana Trágica y el sindicalismo anarquista, cerrarían filas en torno a la represión del conservador Antonio Maura, el orden feroz -ley de fugas incluida- impuesto por el general Martínez Anido, los pistoleros de raíz carlista de los Sindicatos Libres o el dictador Primo de Rivera, antecesor de otro dictador al que terminarían ayudando en la guerra civil.
El 98, con su malestar y su crisis, les llevaría a confiar en el catalanismo su desahogo contra los gobiernos de la monarquía: el Estado castellano, incompetente y anticuado se había dejado arrebatar el mercado colonial, en la práctica monopolio de Barcelona. De golpe, los empresarios del Principado -cuya negativa al libre comercio de Cuba, la gran reivindicación de la burguesía isleña, había sido una de las causas de la catástrofe- descubrían su conciencia nacional catalana y reclamaban mayor participación en la vida pública y la reforma del régimen político que, de repente, se convertía en un estorbo para el desarrollo de los intereses de Cataluña... es decir, sus intereses...
Pero el eco del 98 duró poco. En unos años la crispación obrera y el atentado anarquista rebajaron las críticas que, de la mano de la Lliga Regionalista, habían tensado su relación con el obsoleto gobierno central. Tras el sobresalto de 1917, la escalada de la conflictividad social les empujaría a colaborar con los partidos dinásticos, a sostener la dictadura de Primo de Rivera y a financiar el levantamiento del 18 de julio. Un camino parecido recorrería Francesc Cambó, el líder político de la Lliga Regionalista.Otro catalán que siempre se comportó antes como un burgués.

LA POLITICA / Hay muchas Cataluñas a principios del siglo XX
Ni Cataluña fue sólo moderna y europea, ni la burguesía catalana fue progresista, ni el autoritarismo o el imperialismo de corte fascista fueron delirios creados en la rural y decrépita Castilla, como imaginan, o desean imaginar, los nacionalistas catalanes del siglo XXI. Un mito muy extendido en España tras la muerte de Franco y el asalto de los nacionalismos periféricos al Estado consiste en inventar una Castilla mística y homogénea, impositora de caudillos, refugio de esencias opresivas, creadora de autoritarismos y cortes fascistas.
Hay muchas Cataluñas a comienzos del siglo XX, de la misma manera que hay muchas Barcelonas. La capital del Principado fue la fábrica de España, el laboratorio del republicanismo anticlerical de Lerroux, la educación sentimental de Companys y la ciudad de los apagones y la rabia anarquista, pero también fue el seminario de España, la pionera en acoger la utopía reaccionaria de Charles Maurras -intelectual conservador ferozmente crítico con la nación constitucional creada tras la Revolución de 1789 y para quien los genuinos representantes de la Francia eterna residían en el clero católico, el ejército y la aristocracia de la sangre- o el centro, según el embajador de Mussolini, donde podía brotar el fascismo español.
En Barcelona se hablaba entonces de la superioridad de la raza catalana, se criticaba con dureza el liberalismo, se conjuraba la tierra y los muertos, se soñaba con imperios y naciones inferiores que dominar...

A finales del siglo XIX el doctor Bartomeu Robert, alcalde de Barcelona, hacía exhaustivas mediciones de cráneos a gentes del país, para demostrar que efectivamente la estirpe catalana era superior. Ya metidos en el siglo XX el joven Eugenio d'Ors, lector ferviente de Sorel, «el nuevo profeta de la espiritualidad obrera », y devoto seguidor del futuro consejero de Pétain, Charles Maurras, lanzaba sus glosas aristocráticas contra todo lo que oliera a democracia y a liberalismo mientras los vanguardistas José Vicente Foix y, sobre todo, José Carbonell, educados en el catalanismo de Prat de la Riba y la Lliga Regionalista, acusaban a Cambó de no entender la novedad del fascismo y de no plantearse su posible adaptación a Cataluña. Hubo a comienzos del siglo XX una Cataluña laica, progresista y republicana, pero aquella herencia no era del gusto de los catalanistas.

LA GUERRA CIVIL / Media Cataluña ocupó a la otra media
Las raíces del nacionalismo catalán no son republicanas ni liberales sino profundamente católicas y profundamente conservadoras. Las raíces están en la Renaixença, cuyos insignes representantes fueron muy del gusto de Menéndez Pelayo. Cataluña no era ni moderna ni antigua, era medieval, debía ser medieval, espíritu de honor, moral severa y fe sólida, según el ensueño de Milá y Fontanals.Cataluña era una nación esencialmente católica. Cataluña debía aspirar a la representación corporativa mediante el sufragio de los cabezas de familia, por gremios y profesiones, a fin de acabar con el parlamentarismo que entregaba el gobierno a los charlatanes de oficio, de acuerdo con el espíritu de las Bases de Manresa. Su solución, según Prat de la Riba, era la representación corporativa, el Estado federal en el interior y el imperialismo en el exterior, imperialismo como expansión cultural, política y económica de Cataluña a costa de las naciones menos cultas, a las que cabía imponer la civilización más desarrollada por mecanismos pacíficos o por la fuerza.
Eugenio d'Ors también haría culminar su proyecto novecentista en la idea de Imperio. El imperialismo de D'Ors comportaba un antiseparatismo que evidenciaba la voluntad de conseguir la hegemonía política en el resto de España. Por eso reclamaba una Cataluña interventora en los asuntos del mundo, con una referencia clara a Jaime I, algo que también resuena en la pluma de Prat de la Riba: «Nuestro rey fue grande, por haber hecho la Unión Catalana, por haber derramado sobre los asuntos del mundo su acción. Nuestra patria fue grande porque era una, porque era Imperio».

Grande. Una. Imperio... La crisis de los años veinte y treinta no fue una crisis castellana ni la guerra civil ni la restauración del caudillismo, el organicismo y el autoritarismo fueron cosa única de Castilla. La Lliga Regionalista, partido ideado por Prat de la Riba y liderado hasta el final de su sueño por Francesc Cambó, no sólo estuvo al lado de los gobiernos dinásticos en los momentos de crisis sino que su eco latió hermanado al maurismo, corriente ideológica con la que tenía muchos puntos en común, y simpatizó con el golpe de Estado de Primo de Rivera. La voz de la Lliga Regionalista jamás fue separatista. Cambó siempre pensó en un catalanismo que tuviera cabida en una España regenerada, y su táctica política siempre estuvo marcada por el posibilismo y por la aceptación plena del marco de la Restauración. Como Prat de la Riba, Cambó defendía la idea de una España grande, combinando autonomía y unidad, orden y catolicismo. Su fracaso ya lo vaticinó Alcalá Zamora en el Congreso de los Diputados: «Su señoría pretende ser a la vez el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España, son pretensiones contradictorias y es preciso que su señoría escoja entre una y otra.»

Al final, como la inmensa mayoría de los dirigentes de la Lliga, escogió Bismarck y apoyó a Franco en la guerra civil. Era obvio. El catalanismo conservador no podía identificarse con los hombres que enarbolaron la bandera de la Cataluña autónoma el 19 de julio de 1936 ni con un gobierno por el que iban a pasar comunistas, anarquistas, marxistas disidentes y que incautaba empresas, cuentas corrientes de valores y hasta cajas fuertes.

Tras la guerra media España ocupó a la otra media, lo que quiere decir también, muy a pesar de quienes han inventado una Cataluña exclusivamente republicana, que media Cataluña ocupó a la otra media. En Cataluña muchos sintieron con alivio la derrota republicana por aquello que se recuperaba con la entrada triunfal de Franco en Barcelona: la paz social, las fábricas, las empresas, las tierras, los bancos, los títulos de propiedad y el viejo orden de poder económico.

Las historias que los nacionalistas cuentan para después de la guerra olvidan a menudo que la Cataluña de la juerga revolucionaria aterró a la gran burguesía y a las clases medias. Que la guerra civil, como en el resto de España, supuso el ensañamiento de catalanes contra catalanes. Que la represión del 39 fue masiva, arbitraria y clasista -se ensañó con campesinos y obreros pero que la desatada por los utopistas del 36, aunque menor, también fulminó a un buen número de catalanes: periodistas, abogados, militares, y algunos notables que venían siendo públicamente hostiles a los sueños revolucionarios que se anunciaban en las calles. Que quienes militarmente terminaron por aplastar la utopía revolucionaria traían una idea totalitaria y centralizadora de España. Que a esa idea de patria se adhirieron por simpatía, entusiasmo e interés, muchos catalanes. Cambó y la burguesía financiaron a Franco. Josep Pla, exiliado en Roma durante la guerra civil, trabajó como espía del general rebelde. Juan Estelrich fue uno de los propagandistas más refinados de la dictadura y Eugenio d'Ors se convirtió en la gran figura intelectual de la España franquista.

Todos ellos hablaban catalán, venían del sueño de Prat de la Riba y del catalanismo político de la Lliga. Todos ellos parecen fantasmas, seres que deambulan sin fe por la historia, desterrados del pasado soñado por los nacionalistas catalanes de la transición.Todos ellos parecen no existir. Transitan más allá de los márgenes del silencio: son silencio. O figuras desposeídas de su raíz, desterradas de su verdad íntima, histórica, para poder ser admitidos en la herencia de la Cataluña siempre noble, laica y progresista que hoy se quiere recordar.
Extracto de «Castilla arcaica, Cataluña moderna», capítulo IV del libro «Los mitos de la Historia de España», Fernando García de Cortázar.



[1] Traducción del Manifiesto de la Plataforma Sobirania i Progrés, Diada 2007.
[2] Palabras de Maspons i Labrós a Alfons XII en la presentación del " Memorial de Greuges" o la "Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña"(1885)
[3] La doctrina catalanista según Prat de la Riba:
El deber político fundamental es “amar a la patria”. La patria de los catalanes es Cataluña”.
“El hombre tiene una sola patria, del mismo modo en que tiene un solo padre y una sola familia.
Lo que generalmente se llama patria grande no es sino un Estado compuesto de varias agrupaciones sociales que tienen la condición de verdaderas patrias”. España “no es más que el Estado o agrupación política a la cual pertenecen” los catalanes.
“El Estado es una entidad política, artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. El primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas”. La Patria es “la comunidad de gentes que hablan una misma lengua, tienen una misma historia común y viven hermanados por un mismo espíritu que marca con un sello original y característico todas las manifestaciones de su vida”.
Cataluña es “ la larga cadena de generaciones unidas por la lengua y la tradición catalanas, que van sucediéndose en el terreno que ahora ocupan los catalanes”.
La Lengua Catalana “es un idioma”. No es un dialecto como dicen “algunos por ignorancia, otros por mala fe, considerándolo como una corrupción de la lengua oficial, que es la castellana”. La lengua Catalana no es una corrupción del castellano sino “todo lo contrario; la lengua catalana es más antigua que la castellana” y ya “ había conseguido ya cierto esplendor cuando el castellano comenzaba a dar señales de vida. Esto, además de que poseen una manera de ser diferente e incluso opuesta”.
La legislación catalana “es diferente a la de Castilla. Antes del año 1714, lo era totalmente: leyes políticas, administrativas, judiciales, civiles, mercantiles; hoy sólo lo es en las civiles”.
El derecho civil catalán no es un derecho foral como dicen los castellanos porque “fuero quiere decir privilegio, excepción de una regla común; y el derecho catalán no es una variante del derecho de Castilla, sino un derecho independiente y completo, dentro del cual también hay un derecho común o general para toda Cataluña y un derecho foral o privilegiado para determinadas comarcas como el Valle de Arán, Barcelona, Campo de Tarragona, etc.”.
Lo característico del derecho civil catalán es “la autoridad atribuida a la costumbre por la cual el pueblo colabora a la formación del derecho; la libertad de testar y la sólida organización de la familia bajo la base de una autoridad paterna rotunda y de un patrimonio familiar permanente”.
Los principios en los que se funda el derecho castellano “son radicalmente opuestos a los anteriores: la negación de la libertad de testar; la negación de la costumbre; la exaltación de la ley escrita; la regulación minuciosa y excesiva que no deja nada a la iniciativa individual; el rebajar la autoridad paterna, y una débil y disolvente constitución de la familia y de su patrimonio”.
(...) “los sistemas jurídicos son tan opuestos que no pueden reducirse a uno solo sin que uno u otro sea sacrificado; como no es imposible combinar el sí y el no en una misma cosa”.
(...) los castellanos, criados bajo la influencia de una legislación tan diferente a la nuestra, y llenos de concepciones jurídicas tan opuestas, son ineptos para legislar sobre nuestro derecho civil, y todo cuanto hicieren para reformarlo, aun haciéndolo con buena fe, no daría otro resultado que su desorganización”. Por ello del derecho civil de Cataluña se deben cuidar “unicamente los catalanes, porque son los únicos que lo sienten y conocen y poseen su espíritu”.

Reivindicaciones de Cataluña:
“Qué frase célebre resume nuestras aspiraciones y constituye el lema de nuestra bandera?: Cataluña para los catalanes”, que significa “que en Cataluña deben gobernar los catalanes y no como hoy los castellanos o los políticos a la castellana, como si fuésemos menores de edad o no supiésemos”.
Castilla tiene tanto interés por gobernar todas las regiones “porque es un país pobre y sus hijos se dedican a la industria de la política, que es, ciertamente, más descansada que la de nuestras fábricas”. Para poner fin a esta situación es necesario “que todos los cargos públicos de Cataluña deban ser desempeñados por catalanes" y reivindicar “el derecho indiscutible de Cataluña a constituirse y organizarse según sus necesidades y carácter, y a darse toda clase de leyes que más se acomoden a su forma de ser”.
Se ha de reconocer el derecho al “ uso de la lengua catalana, en todos los actos públicos y privados, como la única oficial de Cataluña”.
Todas estas reivindicaciones son compatibles con la unidad política de España “por medio de la organización regionalista, que consiste en la unión federativa de las antiguas nacionalidades españolas”. En ella “el poder central o federal” tendría todas las atribuciones “que se refieren a las relaciones de España con otros Estados, y, en general, las relaciones con intereses comunes a todas las regiones de España, como el ejército, las aduanas, ferrocarriles generales, etc.”. El “poder nacional catalán tendría todas las demás”.
Las Cortes Catalanas se formarían “por medio del sufragio universal de los cabezas de familia, por gremios y profesiones, a fín de acabar con el parlamentarismo que entrega el gobierno de los Estados a los charlatanes de oficio”.
Cataluña contribuiría al ejército español “por medio de voluntarios, o bien entregando una compensación de dinero previamente convenida con el poder federal, quedando abolidas las quintas”.
Enric Prat de la Riba y Pere Montanyola. “Compendi de la Doctrina Catalanista”. La Renaixensa. Sabadell (1894)

[4] “Enclavada Cataluña en el área geográfica conocida con el nombre de España, somos españoles, del mismo modo que somos europeos por estar comprendida España dentro del continente Europa. Gobernada España por el Estado español, los catalanes somos españoles como miembros de este Estado, como ciudadanos de esta sociedad política.
No somos, pues, enemigos de España, tomada en este sentido (el único real), ni al combatir el Estado español queremos otra cosa que rehacerlo con equidad y justicia y con una organización más adecuada y perfecta, dentro de la cual Cataluña puede encontrar una vida de libertad y progreso”.
“Las Bases de Manresa, programa de la gran mayoría de los autonomistas catalanes, son incompatibles con una aspiración separatista. (...) Nuestra aspiración es una aspiración de libertad, pero también de unión y solidaridad con los demás pueblos. Nosotros, que queremos hacer más sólida y durable y, sobre todo, más justa la unión española, presentamos fórmulas de paz, nos dirigimos a las clases dirigentes de España y les hacemos observar que las actuales bases de unión no son equitativas, porque sacrifican a la fuerza del número elementos estimadísimos de nuestra personalidad; les recordamos el ejemplo de numerosas segregaciones que no se habrían producido si se hubiese escuchado la voz de los que pedían un poco de libertad (hechos que demuestran que la unión de ahora no sirve para unir, sino para separar)”.
(...) “queremos ver la patria catalana unida con vínculos de hermandad con los demás pueblos de España, formando una familia fuerte y bien avenida, sin Cenicientas explotadas ni herederas altivas”. (Textos tomados de “La Veu de Catalunya”, 20 de agosto 1899, 10 de abril de 1900 y 15 de junio de 1901. en “Catalanismo y revolución burguesa” Jordi Solé Turá. Madrid 1970, 166 y 167).

[5] Enric Prat de la Riba (1870-1917). Doctor en Derecho por la Universidad Central de Madrid en 1894.
A partir de 1887 militó en diversas organizaciones políticas defensoras de la identidad de Cataluña. Tuvo cargos de responsabilidad en la Unió Catalanista. En 1892 fue secretario de la asamblea que redactó las Bases de Manresa, documento que sentaba las bases para la restitución del autogobierno catalán.
En 1899 crea una escisión de Unió Catalanista, al defender la participación del partido en el sistema político de la Restauración, surgió de ella el Centre Nacional Català, en donde se integraron futuras personalidades del nacionalismo catalán conservador como Francesc Cambó. En 1901, promovió la fusión de su grupo con la Unió Regionalista para crear la Lliga Regionalista, de la que fue uno de sus principales líderes.
Elaboró diversos manifiestos, entre los que destaca el Missatge al Rei dels Hel·lens en 1897, escribió Compendi de la doctrina catalanista, Compendi de la Història de Catalunya e impulsó el diario La Renaixensa. También es autor de La nacionalitat catalana (1906), considerada la obra más importante del catalanismo político. Apoyó el intervencionismo de la Liga en la política española; ejemplo de ello es la redacción del manifiesto Per Catalunya i per l’Espanya Gran (1916).
[6] Prat de la Riba sistematizó en 1892 sus reivindicaciones políticas en los dieciséis puntos de las "Bases de Manresa".
[7] Los regionalistas de Francesc Cambó, separados del gobierno Silvela, apoyaron a los regeneracionistas en su campaña contra los impuestos y en su objetivo de frenar el avance de los republicanos. Los regionalistas de Francesc Cambó, separados del gobierno Silvela, apoyaron a los regeneracionistas en su campaña contra los impuestos y en su objetivo de frenar el avance de los republicanos.
[8] Bartolomé Robert, expresidente de la Sociedad Económica de Amigos del País; Alberto Rusiñol, expresidente de Fomento del Trabajo Nacional; Luis Domenech i Montaner, expresidente del Ateneo Barcelonés y Sebastián Torres, presidente de la Liga de Defensa Industrial y Comercial.
[9] Francesc Cambó, por la Lliga Regionalista; Jaume Carner, por los nacionalistas republicanos; J. Roca y Roca, por la Unión Republicana; J.M. Valles y Ribot, por los federalistas; D. Martí y Julia, por la Unión Catalanista; J.M. Junyent, por los carlistas y Amadeo Hurtado, como catalanista independiente.
[10] Diario de Sesiones de las Cortes nº 17 del 13 de abril de 1918. Pag. 358.